No sé por qué no le dije la verdad (ficción)

Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH
Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH

No sé por qué no le dije la verdad. Del motivo por el que estaba allí, quemando esas libretas y esos carretes. Creo que no me atreví a ser yo la que quebrara esa inocencia, la ingenuidad que desprenden los chinos cuando todavía no nos conocemos.

Había pasado meses recorriendo el sudeste asiático con mi cámara y mi libreta, escribiendo de forma casi obsesiva y acelerada. Como si quisiera devorar las páginas y todas las imágenes que tenía a mi alrededor.

China tenía que ser mi último destino; pasar unas semanas descubriendo el monstruo asiático y volver a Europa, al Mediterráneo, a todo aquello que soy yo misma: mar, pinar, poco más. China no tenía que significar nada trascendente. Pero un giro en el guión hizo que me quedase en ese país más años de los que prefiero confesar.

Jiujiang – En mi viaje de vuelta a casa, me encontraba en una escala demasiado larga. Y como no soporto la quietud o el inmovilismo tuve que salir del aeropuerto. Tras una búsqueda superficial en internet sobre lugares cercanos para visitar, me fui al parque nacional de Lushan, donde aseguraban que encontraría cascadas, montañas mágicas y ríos infinitos.

A mí qué más me daba ese río. Tras tantos años en Asia, este río no iba a aportar nada nuevo. El lugar era idóneo para mi verdadera intención: quemar todos esos papeles. De esta forma, en Europa estaría libre del todo. Sin palabras y sin imágenes nada habría existido. Y así quería que fuese. Quemar todos esos años.

La señora de la foto me pilló con las manos en la masa mientras empezaba a hacer el fuego. Me preguntó qué estaba haciendo, por qué estaba quemando todo eso. Su inglés era sorprendentemente fluido. Me aseguró que ella era la guardiana del río y que lo tenía que saber todo. En esa milésima de segundo que tuve para contestar, lo único que se me ocurrió decir fue que yo era descendiente de Jesús de Nazaret y que tenía que quemar todo rastro de mi verdadera identidad si no quería comprometer mi vida en Europa. Mis palabras salieron atropelladas y temblorosas.

No sé por qué no le dije la verdad. Pero eso pareció funcionar para ella. Me miró con la misma sonrisa de la foto que todavía no he sabido interpretar. Y nada, cogí el último carrete sin usar que tenía, lo coloqué en la cámara. Le pregunté si podía tomarle una foto. Y así, tan raro como suena, este retrato es lo único que conservo de Asia y esos años.

Foto: Olga de la iglesia 

 

 

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