A veces me olvido que vivo en una plaza

(Así que me he quedado un rato mirando por el balcón)

Tres hombres solos están sentados en sillas individuales y bancos pegados al suelo, indistintamente. Tienen cara de no tener ninguna prisa. Uno de los tres lleva una maleta.

Una chica con un carrito de bebé y un perro con la correa atada al carrito. [Le quiero decir: Cuidado! ¡Si el perro estira, el carrito corre peligro! Pero esta frase ya está viajando al Universo de lo No-Dicho.] La chica cruza la plaza en diagonal para llegar más rápido a su destino. Yo haría lo mismo.

Manadas de niños que salen del cole y que me sobrevivirán.

Bastantes Teckels. Aunque quizás me fijo más en esta raza porque Greta es un Teckel y siempre vemos lo que somos o tenemos.

El señor de la maleta se ha levantado para hablar por teléfono. Una vez iniciada la conversación se ha vuelto a sentar.

Una señora con un abrigo de visón corre. Debe estar pasando mucho calor.

Dos adolescentes en uniforme de colegio privado gesticulan mientras andan. La mochila no forma parte del uniforme pero es de la marca Eastpack en ambos casos.

Dos hombres trajeados entran a un parking. Unos segundos más tarde, tres ancianos salen del parking. [Quizás los tres ancianos son los dos hombres trajeados + un compañero de trabajo que se han encontrado allá abajo. Se les ha pasado la vida fugazmente con ese traje.]

El señor de la maleta ya no está, no he visto cómo se iba. Me gustaría tener un montón de ojos, así no me lo hubiera perdido.

Cuando llegue la noche, quedaremos sólo los que dormimos aquí: gente de cinco o de noventa y cinco años. Y pau y yo.

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Ode to the Leandra shirt by Paloma Wool

I was in a party wearing this beautiful shirt by Paloma Wool so I felt the need to write a poem about it:

FullSizeRender (3)

I only wear it if I know something will shine.

Or if I need something to shine.

When I wear it, there is a sense of Spring,

of new things coming along.

I feel warm and I feel pretty.

I am woman – a complete one.

I feel there is something in the way

growing up, settling in,

giving no explanations,

burning all questions.

Texto para Colección ’17 Isabel de Pedro

Elegancia natural, Naturaleza elegante

La colección Invierno 2017 de Isabel de Pedro surge en un momento muy especial en la vida de su fundadora. Madre e hija visitan Islandia en búsqueda de inspiración y el viaje termina representando un momento simbólico que inaugura el punto de partida de una nueva vida para las dos.

Islandia sacude como un terremoto. Glaciares, volcanes, aguas termales, paisajes lunares: todos conviven en una pequeña isla que inspiró a Julio Verne para escribir su obra Viaje al centro de la Tierra. Y es que Islandia es el centro de la Tierra. Se puede sentir que está viva; rodeados de metrópolis inmóvil tendemos a olvidarnos de ello. En Islandia se palpa, se siente y no permite mirar para otro lado: obliga a sus visitantes a conectar con su parte más introspectiva, los embelesa con su naturaleza y los deja con infinitas preguntas sobre lo que hacemos en esta tierra.

Isabel de Pedro logra fusionar la naturaleza y la elegancia en todas las prendas de esta colección. Borra las líneas entre lo salvaje y lo civilizado con sus tejidos arropados, panas, lanas, satenes viscosas, camisas con imágenes cosidas de la isla, chaquetas de paños de tela felpa. Pero Isabel de Pedro no olvida sus clásicos de siempre introduciendo lycras, prendas arrapadas y cómodas al mismo tiempo, todo incorporado en esta colección de la forma más orgánica e inteligente. En definitiva, naturaleza y urbanidad se confunden y se entremezclan en la colección Invierno 2017 de una forma tan sutil y elegante que desaparece el trazado que les ha unido.

No sé por qué no le dije la verdad (ficción)

Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH
Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH

No sé por qué no le dije la verdad. Del motivo por el que estaba allí, quemando esas libretas y esos carretes. Creo que no me atreví a ser yo la que quebrara esa inocencia, la ingenuidad que desprenden los chinos cuando todavía no nos conocemos.

Había pasado meses recorriendo el sudeste asiático con mi cámara y mi libreta, escribiendo de forma casi obsesiva y acelerada. Como si quisiera devorar las páginas y todas las imágenes que tenía a mi alrededor.

China tenía que ser mi último destino; pasar unas semanas descubriendo el monstruo asiático y volver a Europa, al Mediterráneo, a todo aquello que soy yo misma: mar, pinar, poco más. China no tenía que significar nada trascendente. Pero un giro en el guión hizo que me quedase en ese país más años de los que prefiero confesar.

Jiujiang – En mi viaje de vuelta a casa, me encontraba en una escala demasiado larga. Y como no soporto la quietud o el inmovilismo tuve que salir del aeropuerto. Tras una búsqueda superficial en internet sobre lugares cercanos para visitar, me fui al parque nacional de Lushan, donde aseguraban que encontraría cascadas, montañas mágicas y ríos infinitos.

A mí qué más me daba ese río. Tras tantos años en Asia, este río no iba a aportar nada nuevo. El lugar era idóneo para mi verdadera intención: quemar todos esos papeles. De esta forma, en Europa estaría libre del todo. Sin palabras y sin imágenes nada habría existido. Y así quería que fuese. Quemar todos esos años.

La señora de la foto me pilló con las manos en la masa mientras empezaba a hacer el fuego. Me preguntó qué estaba haciendo, por qué estaba quemando todo eso. Su inglés era sorprendentemente fluido. Me aseguró que ella era la guardiana del río y que lo tenía que saber todo. En esa milésima de segundo que tuve para contestar, lo único que se me ocurrió decir fue que yo era descendiente de Jesús de Nazaret y que tenía que quemar todo rastro de mi verdadera identidad si no quería comprometer mi vida en Europa. Mis palabras salieron atropelladas y temblorosas.

No sé por qué no le dije la verdad. Pero eso pareció funcionar para ella. Me miró con la misma sonrisa de la foto que todavía no he sabido interpretar. Y nada, cogí el último carrete sin usar que tenía, lo coloqué en la cámara. Le pregunté si podía tomarle una foto. Y así, tan raro como suena, este retrato es lo único que conservo de Asia y esos años.

Foto: Olga de la iglesia