Lo onírico que muere

Aire transformado para ajustar la temperatura. Los grados nunca al contento de todos. Fricción entre los papeles y ese aire que crea una sonoridad imperceptible por estar tan implantada en la atmósfera. Quiero pedirle al actor de ese ruido que pare de contribuir a él, que lo pare, pero no puedo. Porque no sería de recibo. Respiro. Suenan teléfonos y “Ernst&Young abogados”. Ruido de ratones royendo recursos de apelación. Conversaciones de ascensor en bucle pero en una planta vertiginosa y estática. Ocho horas y media al día y así consecutivamente. Cabezas cortadas por una barra que separa mamíferos mirando a cajas negras. Si la caja deja de funcionar, se paraliza la producción. Están creando cosas que nadie nunca podrá oler ni ver ni palpar. Y luz, mucha luz. Pero luz que no procede. Se filtra por esas ventanas tan grandes que le vuelve a uno incrédulo; no es verdad, nadie me va a engañar. Aquí no hay libertad.

Septiembre 2007 y de repente tengo dieciocho años y estoy en un cuarto muy pequeño donde siempre se instalan polillas. Era un antiguo taller de joyas pero eso nunca lo pienso. Tampoco lo relaciono con el tiempo en el que viví en Brooklyn, Nueva York, en un taller de joyas, probablemente bastante más insulsas que las que se hacían en el siglo pasado en mi pequeño cuarto de polillas. Du Contrat Social de Rousseau reposa en mi mesita de noche y yo tengo sed de conocimiento. Mañana empieza la universidad y no consigo dormir. Mi ventana no es tan grande pero desde aquí veo la luna. Todo es silencioso. Todo me emociona, todo me da miedo, adrenalina de lo que queda por vivir. Justicia, enjuiciable, persuasión, perseverancia, progreso, lucha, cambio, universo – retumban en mi mente como un eco encabritado.

Pero hoy no queda nadie en esa habitación, hasta las polillas han partido al exilio a la búsqueda de mejores algodones. Ahora, la palabra justicia ha cambiado por honorarios y sueños por veintisiete días de vacaciones anuales. Que nos hemos equivocado, que la vida no era esto. Quiero gritar al mundo que un error, por ser colectivo, no deja de ser un error. Pero hoy, sueño con el mar y me digo que todo está bien, sí, hoy todo está bien.

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