Para conocerles mejor, a los chinos.

En 2011 viví en China, en 2011 escribí este texto.

Los chinos son un secretos a voces para los europeos. Fue una de las muchas conclusiones que he sacado tras haber vivido en su capital. Particularmente chocante es la forma de interactuar en los comercios o restaurantes. Los chinos se ahorran todas las frases que nosotros decimos como un automatismo: “Sí, porfavor”, “muchísimas gracias”, “lo siento”. Contrariamente, ellos miden muchísimo sus palabras y no ven necesario dar las gracias cada vez que alguien les aguanta la puerta para salir o cuando les sirven un plato.

En un primer momento, mi reacción fue tacharles de maleducados y ofenderme internamente cada vez que no veía en ellos la respuesta que a mí me parecía adecuada. Pero mi visión de aquello fue cambiando; entendí que de esta manera se otorga valor a las coletillas que nosotros tanto usamos.

De hecho, la manera de comunicar su profundo agradecimiento hacia algo es repetir dos veces la palabra gracias. Los chinos, ellos, no entienden nuestra pomposidad generalizada en los actos más cotidianos. Además, pueden pedir disculpas simplemente dando dos golpes en el borde de la mesa.

Me pareció interesante; el darle más valor a las palabras, me refiero. No pronunciarlas sin ni siquiera tener conciencia que lo estamos haciendo.

Por otra parte, aunque esta expresión ya no se use con tanta frecuencia en las nuevas generaciones, cuando un chino recibía un halago, respondía: “哪里, 哪里” (nâli, nâli) que significa “dónde está, dónde está”. Como queriendo decir que no ven dónde está aquel piropo que les han dicho.

Otra curiosidad en sus costumbres es su reacción cuando les hacen un regalo. No consideran apropiado abrirlo delante de la persona que se lo ha dado, sino que se esperarán a abrirlo después a solas.

Cuando un chino da su tarjeta a alguien o devuelve el cambio en una compra, lo hará utilizando las dos manos juntas y mirando fijamente a los ojos del que lo recibe. De esta manera expresa la importancia que le está dando a ese acto. Quién lo iba a decir, los reyes de la deshumanización laboral huyendo de inercias protocolarias.

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por la igualdad de sueños

Duermo ocho horas seguidas y me despierta la alarma de las ocho de la mañana. Suenan las consecutivas alarmas activadas cada cinco minutos. Me voy durmiendo y me vuelven a despertar. Los sueños que tengo en estos intermedios son muy intensos y nítidos. Tanto, que olvido los anteriores y sólo recuerdo estos últimos.

Me parece injusto para el resto de sueños que han estado poniendo un gran esfuerzo en el guión, en la producción y en los efectos especiales. Han tenido su momento, su première, y sin embargo, todo ese trabajo queda anulado por un par de sueños nuevo-ricos en forma de cortometraje que han sabido estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Trepas y oportunistas.

Describe tu barrio

La señora de los gatos se pasea cada día por aquí. Este lugar no le pertenece. Se percibe en sus hábitos y en la dirección de su mirada que siempre apunta al suelo. Reniega el mundo entero y rehuye cualquier toma de contacto con alguien de su especie. Mi hermano y yo la llamamos La Gata y es la jefa de verdad. Algún día desaparecerá tan sola como llegó.

La señora de los gatos es mi persona preferida en estas calles donde he crecido yo. Me pregunto porqué siempre los mejores personajes de cualquier colectivo son aquellos que precisamente no pertenecen a él.

Quizás la Gata ha elegido un barrio acomodado para disminuir la posibilidad de toparse con personas; su universo son los gatos porque seguramente ellos han sido los únicos que no le han fallado.

Por el contrario, yo no tuve elección. Ya estaba decidido que éste iba a ser el asfalto más pisado por mí antes incluso de haber nacido. ¿Cuántas cosas decidimos realmente? La Gata es mucho más libre que yo.

Aquí nada pasa pero ha pasado toda mi vida. Nada pasa porque aquí hay más muerte que vida. Palacetes que han pasado guerras y que temen caer en manos de nietos que ni los apreciarán ni los sabrán mantener.

Hay una iglesia que es el Avi, que es su muerte y la primera ausencia. Sus campanas suenan religiosamente cada cuarto de hora. Siempre me pregunto si está esforzándose en recordarnos que el tiempo pasa aquí también, que pasa de verdad, aunque todo parezca indicar lo contrario. Porque esto es un mar sin olas.

Pero hay otro mar un poco más lejos que se esconde entre tejados. Los de toda la vida sabemos exactamente dónde encontrar ángulos de visión para poder soñar en un infinito.

Después están los pájaros en primavera.

Y luego los cielos rojos. Los cielos rojos son patrimonio común de esta ciudad de loros a la fuga. Son cielos libres y difusos. Son el arte llegando tímidamente a estas calles. O así los entiendo yo.

Lo onírico que muere

Aire transformado para ajustar la temperatura. Los grados nunca al contento de todos. Fricción entre los papeles y ese aire que crea una sonoridad imperceptible por estar tan implantada en la atmósfera. Quiero pedirle al actor de ese ruido que pare de contribuir a él, que lo pare, pero no puedo. Porque no sería de recibo. Respiro. Suenan teléfonos y “Ernst&Young abogados”. Ruido de ratones royendo recursos de apelación. Conversaciones de ascensor en bucle pero en una planta vertiginosa y estática. Ocho horas y media al día y así consecutivamente. Cabezas cortadas por una barra que separa mamíferos mirando a cajas negras. Si la caja deja de funcionar, se paraliza la producción. Están creando cosas que nadie nunca podrá oler ni ver ni palpar. Y luz, mucha luz. Pero luz que no procede. Se filtra por esas ventanas tan grandes que le vuelve a uno incrédulo; no es verdad, nadie me va a engañar. Aquí no hay libertad.

Septiembre 2007 y de repente tengo dieciocho años y estoy en un cuarto muy pequeño donde siempre se instalan polillas. Era un antiguo taller de joyas pero eso nunca lo pienso. Tampoco lo relaciono con el tiempo en el que viví en Brooklyn, Nueva York, en un taller de joyas, probablemente bastante más insulsas que las que se hacían en el siglo pasado en mi pequeño cuarto de polillas. Du Contrat Social de Rousseau reposa en mi mesita de noche y yo tengo sed de conocimiento. Mañana empieza la universidad y no consigo dormir. Mi ventana no es tan grande pero desde aquí veo la luna. Todo es silencioso. Todo me emociona, todo me da miedo, adrenalina de lo que queda por vivir. Justicia, enjuiciable, persuasión, perseverancia, progreso, lucha, cambio, universo – retumban en mi mente como un eco encabritado.

Pero hoy no queda nadie en esa habitación, hasta las polillas han partido al exilio a la búsqueda de mejores algodones. Ahora, la palabra justicia ha cambiado por honorarios y sueños por veintisiete días de vacaciones anuales. Que nos hemos equivocado, que la vida no era esto. Quiero gritar al mundo que un error, por ser colectivo, no deja de ser un error. Pero hoy, sueño con el mar y me digo que todo está bien, sí, hoy todo está bien.

Las palabras son hilos

“La gente evita el contacto visual en el metro de Nueva York. Nadie mira a nadie. Pero cuando se piensan que la otra persona no les ve, entonces sí miran.”

– Me envías este mensaje de la nada, sin premeditación. Sabes que no procede. Pero intuyes que, de alguna manera, encontraré una respuesta en acorde a esta aleatoriedad intempestiva de palabras.

Yo, tras diez ediciones nerviosas, decido responderte: Feliz navidad mi amor, siento ser tan infeliz.

Después me contestas que últimamente ves belleza en todas partes menos cuando te quemas la lengua con el té. Pero que aun así, estás muy contento porque tu descubrimiento de Matcha Green tea latte te vuelve loco y que cuando lo tomas, un aire te sabe mejor.

Yo te escribo desde un avión que empieza a moverse y te hablo de la intensidad de las personas. Y de alguna manera te estoy pidiendo que me recojas de ese lugar tan oscuro y que me abraces. O todavía mejor, que abraces mi aleatoriedad de palabras. Como las tuyas mi amor, ese diccionario que se crea como los días que se escurren entre nuestros dedos.

De repente estoy en África negra y te escribo dentro de una mosquitera. Te explico que me he puesto a llorar por sentir el polvo del Sahara mientras corría por el océano. Y es verdad, esto ha sucedido. Y tú, como siempre, me respondes, superando cualquier expectativa. Entonces te deseo, te pienso en todas partes, te imagino como puedes imaginarte y compongo frases para ti, para mí, para ese futuro que nada sabe.

“Caso omiso del ocaso” – frases como ésta compones tú, como el pan de cada día. Tú eres una mariposa que revolotea, que mira a todas las direcciones y que me mira de vez en cuando y me ama. Me ama como cuando éramos niños y estábamos en una isla con pasta de dientes. Sé que has entendido esto, mi amor, y con eso me basta.

 

cualquier delirio sin puntuación

algo dentro de mí que no me deja respirar normal y que me pone la piel de gallina como mínimo una vez al día algo que me obliga a seguir queriendo leer todo lo que está escrito a querer formular todas todas las preguntas y quemarlas quemarlas quemarlas todas con fuerza explosiones fuego algo muy fuerte que duele y que revolotea desbocado en eco sin tiempo sin espacio y que perdura como todo lo intangible que todavía no tiene palabra asignada y que en el fondo esos sin-nombre son los más poderosos porque están en tierra de nadie en palabra de nadie no tienen cárcel todavía vuelan alto sin principio sin fin y ahora que lo pienso es eso lo que no me deja respirar normal si es eso lo que no me deja respirar normal